Encontré un papel que hacía las veces de cristal impenetrable de una vieja ventana de Bamako. Me llamó la atención que en una esquina rezaba -«para el libro de los miedos».

En seguida saqué lápiz y papel y apunté con todo detalle los signos, palabras, y manchas que en aquel papel aparecían.

Por un momento
el mundo se detuvo,
todos los semáforos se pusieron en rojo.

La ciudad se vació de espectros
que inundaban los recuerdos
recorridos por detalles.

Esos detalles,
a diferencia de otras ocasiones,
no mostraban nada:
no eran símbolos,
no eran señales que el devenir me trajo,
habían perdido su magia.

Mas si la hubiera
se había vuelto tenue, insípida,
poco significativa.

La vida te separa de la vida
(eso es indudable),
pero hoy,
además,
había perdido el sentido.

Para el libro de los miedos